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La ignorante
Mi educación sexual fue inexistente, llegué a los doce años sin saber como se hacían las guaguas y convencida de que salían por el ombligo. En el colegio el tema era tabú, y cuando el profesor de biología, habló de la procreación no dijo ni dibujó nada en especifico y habló de amor y más amor, pasando derechito a las leyes de Mendelson y a la genética.
Le pedí a mi hermano mayor, que me explicara, se complicó bastante, de repente brillaron sus ojos y ordenó —dile a mamá que debes hacer una tarea y vas a visitar el Museo de cera “Diputren de París”, debes recorrer completa la sala Enfermedades Venéreas y ahí vas a saber “todo”. El museo lo vi completo y fue terrible, tanto en la relación sexual como en el parto por un lado se veían las figuras de las personas y con un corte central se apreciaban los órganos que participaban, pasé un tiempo infinito descifrando “qué era qué”. Hasta que entendí “todo”. Quedé fuertemente impresionada, aún hoy, no puedo conversar de sexo... me bloqueo. Llegué a la Universidad sin haber pololeado, afortunadamente mis compañeras eran mucho más avezadas, experimentadas y generosas en compartir sus experiencias, así que escuchándolas aprendí la teoría que me faltaba. Posteriormente me casé con mi primer pololo, igual de inexperto, pero a él su madre lo había preparado muy bien, aunque era muy reservado, creo que si hubiese sido diferente me habría asustado. Años después mi hijo de 5 años me espetó —mira mamá tengo muy claro que pasa cuando se junta la semilla del papá con el huevo de la mamá, lo que yo quiero saber exactamente es ¿como sale la semilla del papá y por donde se junta con el huevo de la mamá.— Quedé helada, lo único que se me ocurrió fue evadirlo —sabes estoy muy ocupada, ¿le preguntas a papá?— mi esposo desde el dormitorio había escuchado nuestra conversación, me miró y masculló —¡gracias!— el niño entró al dormitorio y cerró la puerta. Con mi cuñada tratamos de escuchar: fue imposible. Finalmente mi hijo salió de la habitación muy tranquilo. Esperábamos que nos comentara algo, pero nada. Entonces mi cuñada, le dice —¿Le quedó claro lo que le explicó papá?— a ver si así lograba sonsacarle, y él orondo y con un tono de máxima comprensión contesta, —si, pero no le digas nada a mi mamá porque ella no sabe de estas cosas— después salió a jugar. Divertidas nos miramos con mi cuñada y le digo: —¡que te parece como si fuera poco ser traumada, además ignorante!.
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